Como una infidelidad, conllevo a otra, y con esto... llegar a la obsesión!...

sábado, 8 de diciembre de 2012

Capitulo 20



Salí de casa preparada para una noche de placer prohibido, y veintidós minutos después estaba aparcando frente al apartamento de Tom. A diferencia de la primera vez que fui semidesnuda bajo el abrigo, en esa ocasión salí del coche con decisión y subí la escalera con una arrolladora seguridad en mí misma.

Tom me abrió antes de que pudiera llamar a la puerta, y su rostro se iluminó nada más verme.

 —Bonito atuendo —comentó al fijarse en mi abrigo.

—Tenía un poco de frío —mentí.

—Yo puedo ayudarte a entrar en calor —me agarró por el cuello del abrigo y tiró de mí hacia dentro.

Todo mi cuerpo se prendió en llamas en cuanto nuestros labios entraron en contacto. Me dispuse a aflojar el cinturón del abrigo para que Tom pudiera ver lo que llevaba debajo, pero él me lo impidió.

—No.

—Te gustará lo que llevo debajo. Ya lo verás…

—Lo sé, y por eso quiero esperar —bajó las manos por mis brazos y dio un paso atrás, desconcertándome—. ¿Tienes hambre?

—Mucha —respondí, mordiéndome el labio para expresar lo que más me apetecía comer.

A Tom le gustaba más dar que recibir, pero yo también quería sentir el poder que otorgaba tener su sexo en mi boca.

—Yo también —dijo. Dio otro paso hacia atrás y yo lo miré con extrañeza—. No nos sirvieron de cenar en el avión y no tuve tiempo de comer en el aeropuerto. ¿Qué te parece si salimos a tomar algo?

—Tienes que estar de broma.

—No pongas esa cara. Tendrás lo que deseas, pero para eso necesito comer antes y reponer fuerzas… —me tocó la pechera del abrigo con el dedo—. Lo bueno se hace esperar.

—¿Por qué no pedimos una pizza? —sugerí—. No sabes lo que llevo debajo del abrigo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa juguetona.

—Creo que me hago una idea… Y será una delicia mirarte mientras cenamos, sabiendo lo que tomaré de postre.

Lo miré con ojos muy abiertos.

—No estarás diciendo que quieres ir a un restaurante, ¿verdad? Pensaba que te referías a un AutoMc o algo así.

Subió el dedo hasta la base de mi cuello. Cada vez que me tocaba la piel sentía
una descarga eléctrica.

—No voy a llevarte a un AutoMc, preciosa.

—¿Entonces qué sugieres? —le pregunté. De repente me sentía muy incómoda—. Porque si quieres ir a algún sitio elegante, iré a casa a cambiarme.

Tom negó lentamente con la cabeza.

—Así es exactamente como quiero que vayas. Deja que me ponga los zapatos.

Yo no estaba muy convencida, pero de todos modos lo seguí hacia la puerta y esperé a que se pusiera unas chancletas negras. Llevaba unos vaqueros azules y una camiseta, y yo iba con tacones altos, un abrigo y poco más. No podríamos haber ido más desentonados ni aunque lo hubiéramos pretendido. Cualquiera que nos mirase pensaría que yo era una prostituta y Tom, el cliente.

—Considéralo una aventura preciosa —dijo él, agarrándome de la mano—. Una aventura emocionante y atrevida…

Toda mi aprensión desapareció de repente y fue sustituida por una deliciosa excitación. Mientras caminábamos de la mano hacia el coche de Tom dejó de importarme la imagen que pudiéramos dar y lo que pensaran de nosotros.

Tom y yo formábamos la pareja perfecta en el único aspecto que a mí me interesaba.

En cuanto a Tom, era el tipo de hombre que se guiaba por sus propias reglas sin preocuparse por las opiniones ajenas. Ese rasgo me resultaba intrigantemente erótico. Bill, por el contrario, era extremadamente conservador y predecible, exceptuando esa aventura que me pilló por sorpresa. O quizá Bill era el tipo de hombre que seguía las reglas establecidas porque quería dar una imagen de persona decente y fiable.

Fuera como fuera, con Bill nunca había sentido aquella pasión descontrolada que sentía por Tom.

—¿En qué piensas? —la pregunta de Tom me sacó de mis divagaciones y vi que ya estábamos en su Lincoln Navigator de color dorado.

—En ti.

Me dio un breve beso en los labios y me abrió la puerta del coche. Estando los dos sentados, me agarró la mano y se la llevó a su regazo.

—¿Adónde te gustaría ir? —me preguntó.

—No sé. Sorpréndeme.

—¿Qué te parece el Venetian Room?

—¿Me tomas el pelo? —el Venetian Room era uno de los mejores restaurantes de Orlando.

—¿Por qué no?

—No vamos vestidos para la ocasión —especialmente yo.

—Es cierto, estaba bromeando. ¿Y el Bahama Breeze?

—No —no quería ir allí después de que Bill hubiera estado la otra noche. Además, el Bahama Breeze estaba cerca del hotel donde trabajaba Bill y no me apetecía encontrarme con él por casualidad—. ¿Qué tal Denny’s? El de Orange Avenue no está muy lejos de aquí. No sé tú, pero yo podría estar tomando sus desayunos a cualquier hora del día. Además sirven bastante rápido.

—¿El especial Grand Slam?

—Prefiero las tortitas de fresa.

—Tortitas de fresa. Mmm… —llevó mi mano a su entrepierna y comprobé que ya estaba duro.

—¿Seguro que quieres salir? Yo me conformaría con un Big Mac y unas patatas fritas.
Tom volvió a sonreír y sacó el coche del aparcamiento.

—Es una aventura, ¿recuerdas? Vamos a disfrutarla.

En la puerta del restaurante miré con nerviosismo a mí alrededor. No sólo porque apenas llevaba nada debajo del abrigo, sino porque existía la posibilidad de encontrarme con alguien conocido. El padre de algún alumno, por ejemplo, o un colega de Bill. Hasta ese momento me había seducido la idea de vivir una emocionante aventura, pero de repente me asaltaban las dudas.

Tom apretó el brazo con que me rodeaba la cintura y el deseo barrió parte de mis inquietudes. ¿Qué importaba si algún conocido de Bill nos veía y se lo decía? A esas alturas todo el mundo debía de saber que Bill se había acostado con otra. Y además, Bill y yo estábamos separados. Lo que yo hiciera no era asunto de nadie más.

—¿Estás bien? —me preguntó Tom.

—Sí, muy bien —respondí—. Con hambre.

Entramos en el restaurante y me sentí como si fuera el centro de todas las miradas. Una pareja de mediana edad me observó con el ceño fruncido, e incluso la camarera me hizo sentir incómoda al mirarme de arriba abajo.

—Estás muy nerviosa, preciosa —me susurró Tom.

Lo miré y me encogí ligeramente de hombros.

—Estás en buenas manos —añadió—. Confía en mí.

—¿Mesa para dos? —nos preguntó la camarera. Estaba mascando chicle, algo que no debería hacer en el trabajo. Y entonces decidí que no me importaba en absoluto la opinión que pudiera tener de mí.

—Sí —dijo Tom—. Lo más apartada posible, por favor. A mi novia y a mí nos gustaría tener un poco de intimidad.

La camarera nos examinó un momento, como si la palabra «novia» la hubiera
desconcertado. Hizo una gran bomba con el chicle y volvió a meterse la goma rosada en la boca.

—Claro. Una mesa para usted y su novia.

Le clavé una mirada de advertencia y ella respondió con una almibarada sonrisa antes de darse la vuelta. A Tom no parecía molestarle la actitud de la chica ni su chicle, porque la siguió sin decir nada. Por suerte no había mucha gente en el restaurante, y la sección del fondo a la izquierda estaba completamente desierta.

—¿Qué tal ahí? —preguntó Tom.

—Está cerrada —dijo la masticadora de chicle.

Tom ignoró la observación y se sentó en una mesa.

—Dile a quien nos atienda que le merecerá la pena.

Le entregó un billete de veinte dólares y la actitud de la chica cambió al momento.

—Por supuesto —sonrió sinceramente—. Yo misma los atenderé.

Se alejó alegremente y yo puse una mueca.

—Cree que soy una prostituta.

Tom alargó la mano hacia mí.

—Lo que pasa es que le gustaría ser tan sexy como tú. Ven aquí.
 Vacilé, aunque en el fondo me daba igual lo que pensara la camarera.

—Ven —repitió Tom.

Acepté la mano que me ofrecía y me senté junto a él en el asiento acolchado. Entonces Tom me atrajo hasta él y me besó con más pasión de lo que debería ser un beso en público.
El beso no duró más de cinco segundos, pero al apartarme miré rápidamente hacia la parte concurrida del restaurante por si alguien nos había visto.

—¿Te avergüenzas de lo que sentimos (tu)?

Volví a mirarlo.

—No, no, en absoluto. Pero… me gustaría tener más intimidad.

—Levántate.

—¿Cómo?

—Puedes pasar por encima de mí.

Sin darme tiempo a preguntar a qué se refería, me agarró por la cintura y tiró de mí sobre su regazo. Dejó escapar un débil gemido cuando mi trasero le rozó la entrepierna, pero enseguida me sentó a su derecha.

—¿Qué haces?

—Ahora ya nadie puede verte. Yo te tapo —me besó en la mejilla—. Así tenemos más intimidad, ¿lo ves?

Una ola de calor me invadió al comprender lo que estaba diciendo.

—¿Qué tienes pensado exactamente? —le pregunté.

—Nada que no vaya a gustarte.

—Tom…

Me puso la mano en el regazo y acarició mi muslo con los dedos.

Mi cuerpo cedió a la tentación, a pesar de la gente y las luces.

—¿Has echado de menos esto? —me preguntó, mirándome fijamente a los ojos mientras me acariciaba suavemente.

—Sabes muy bien que sí.

Los dedos se deslizaron bajo el abrigo y alcanzaron mi sexo, pero Tom retiró rápidamente la mano cuando advertimos que se acercaba una camarera.
Pedí tortitas con fresas y nata y Tom el desayuno Grand Slam. También pedimos zumo de naranja para los dos.

En cuanto la camarera se marchó, Tom volvió a deslizar la mano entre mis piernas y no se detuvo hasta alcanzar mis bragas.

—Encaje… —dijo—. ¿Negras?

—Ya lo verás.

—Me gustaría verlas ahora.

—Vas a tener que esperar.

—Al menos puedo tocar —apartó la tela con los dedos para tocarme la piel—. Sí… —me susurró al oído—. Tocar es lo mejor.

Me estremecí de placer.

—Separa las piernas.

Volví a pasear la vista por el restaurante. La persona más cercana estaba por lo menos a diez metros y sentada de espaldas a mí. Nadie podría saber lo que Tom estaba haciendo a menos que nos mirase descaradamente, lo cual no era muy probable.

—Tom…

—Separa las piernas preciosa.

No podía ni quería negarme. Separé un poco las piernas y me mordí el labio para ahogar el gemido de placer. Cuando metió un dedo apreté instintivamente las piernas por estar en un lugar público, pero con ello sólo conseguí aumentar las sensaciones.

—Tom… —jadeé—. Cada vez que me tocas… Oh, no. Viene otra vez la camarera.

Tom retiró la mano de mi sexo.

—No sé si podemos quedarnos.

—¿Crees que nos ha visto? —susurré, llena de pánico.

—No, pero no sé si puedo quedarme aquí más tiempo cuando lo que más deseo es verte desnuda.

Sofoqué una risita justo cuando la camarera nos servía las bebidas. Tom le dio
las gracias y me dio un beso en la mejilla cuando volvimos a quedarnos solos.

—Fue idea tuya venir a un restaurante —le recordé—. Yo me habría conformado con un AutoMc.

—¿En qué estaría pensando?

De nuevo llevó la mano a mi entrepierna para seguir masturbándome, y en esa ocasión yo también lo toqué a él. Estaba duro como una piedra. Empezamos a besarnos con frenesí, sin preocuparnos de que nos vieran, ambos esclavos de nuestro mutuo deseo.

Sorprendentemente nadie pareció escandalizarse ni nos llamó la atención, aunque más de uno debía de haberse dado cuenta de lo que hacíamos. Un restaurante no era el lugar adecuado para dar rienda suelta a nuestra pasión, y sin embargo no podíamos contenernos. 





Disculpen la tardanza, este capitulo lo eh subido mas largo para compensar la tardanza xD gracias por los comentarios, de verdad los aprecio muchiiisimo! son las mejores! y contestando la pregunta que hizo cabi (creo) si y no, no es una adaptación, la idea si es original de una novela pero la escritura de esta es mía! es que leí esa novela y me gusto tanto la trama que quise escribir una con el mismo tema pero con mis palabras claro, y me alegra que les guste! una vez mas gracias por los comentarios y por esperar a que subiera, bueno disfrútenlo
, nos leemos pronto! Os Quiero!! ...

domingo, 18 de noviembre de 2012

Capitulo 19



Maria llegó al cabo de una hora con dos grandes vasos de café del Starbucks.

—Dos Caramel Macchiato —anunció.

—Eres la mejor —le dije, agarrando uno de los vasos.

—¿No vas a preguntarme por qué voy por mi tercer café esta mañana?

—¿Éste es tu tercer café? Maria tomó un sorbo y arqueó las cejas.

—Mmm…hmm… Conocía muy bien aquel tono.

—¡Maria! ¿Guapísimo y tú...?

—Nos hemos pasado la noche follando, sí — acabó ella con una amplia sonrisa.

—Eres una guarra —le reproché en tono jocoso, haciéndola reír—. Así que la cosa marcha bien.

—No es un loco peligroso, al menos hasta dónde puedo ver. En realidad es muy divertido.

 —¿Y el sexo?

—Increíble. -Tomé un sorbo de café.-

—Qué bien.

—Se llama Robert, por cierto. Ni Rob ni Bob. Y mucho menos Bobby.

—¿Cuándo podré conocerlo?

—Cuando quieras —dijo Maria—. Esta noche, por ejemplo. ¿Y si salimos los cuatro, qué te parece? Podemos ir a un autocine y enrollarnos en el asiento trasero.

Yo ya no estaba para enrollarme en el asiento trasero de un coche. Y lo que iba a hacer con Tom aquella noche tenía que hacerse en privado.

—Esta noche no me viene bien —dije—. Tom vuelve hoy a la ciudad, y no te ofendas, pero quiero tenerlo para mí sola. Pero me gusta la idea de que salgamos los cuatro alguna vez. Podríamos ir a bailar.

Me sentía como esas jóvenes de las películas que sólo pensaban en pasarlo bien y tener sexo a tutiplén. Con Tom estaba viviendo la clase de experiencias que nunca habría imaginado tener, y mi propósito era aprovechar el tiempo al máximo antes de que empezaran otra vez las clases.

—A propósito… —dijo Maria—. Parece que Tom te gusta de verdad.

—Sí —admití—. Aunque no sé lo que tenemos en común. No es el tipo de hombre al que me hubiera acercado en la universidad. Siempre he preferido a los tipos más seguros y estables, y Tom tiene algo salvaje que intimida. En cambio, la química sexual es tan fuerte que cuando estamos juntos me olvido de todo lo demás, como si sólo existiera él.

—Me alegro de que lo estés pasando bien. -La llevé al dormitorio y abrí el armario. Ya había preparado las cajas antes de que Maria llegara.

 —Puedes empezar con los zapatos de Bill.

—Hay muchos zapatos —observó ella—. ¿No crees que pueden hacerle falta?

—Aún no ha venido por ellos. Y si algún día los necesita aquí los tendrá —me agaché para recoger un zapato negro de vestir y se lo arrojé a Maria, quien lo agarró al vuelo—. Guárdalos todos mientras yo me pongo con la ropa.

Maria metió el zapato en la caja y se sentó en el suelo junto a la fila de zapatos de Bill.

—Hablando de Bill… ¿sabes algo de él?

—Me llamó anoche.

—¿Ah, sí?

—No fue una situación agradable —le dije mientras descolgaba una camisa de una percha—. Estaba con Gustav en un bar, bebiendo. Me llamó después de medianoche para decirme lo mucho que me echaba de menos.

—¿Y tú qué le dijiste?

Metí la camisa en la caja y saqué la siguiente del armario.

—Nada. Sólo intenté cerciorarme de que no iba a conducir en ese estado. Entonces me dijo que estaba con Gustav y le pedí que me dejara hablar con él. Gustav empezó a decirme lo mucho que Bill me quería, lo arrepentido que estaba por lo que había hecho, bla, bla, bla.

Me sorprendió comprobar que no sentía la menor inquietud ni angustia al relatar los hechos. Tal vez estaba superando el trauma, o al menos, relativizándolo.

—Es extraño —seguí—. En los últimos días no he pensado absolutamente nada en Bill. Sólo he pensado en Tom y en cuándo volveré a verlo — posé las manos en la caja, que casi había llenado por completo—. ¿Te acuerdas de cuando estábamos en las Bahamas y dijiste que nunca habías sentido con tu ex la clase de atracción que sentías por Soriano?

—Claro.

—Pues ahora lo entiendo, porque yo siento lo mismo con Tom. No recuerdo haber sentido nunca algo parecido con Bill. Es una pasión irracional, imposible de sofocar, que me hace querer verlo a todas horas. Puede que sólo estemos empezando, pero cada vez que me toca… —sólo de pensarlo me excitaba—. A lo mejor lo siento así porque se trata de una novedad, pero cuando empecé con Bill no era tan intenso, ni muchísimo menos.

—Eso es porque a Bill no le gusta el sexo oral.

—¡Maria!

—Es cierto —insistió ella—. Por lo que me has contado, la lengua de Tom hace maravillas. No es raro que una chica se enamore de su primer amante de verdad.

—Lo sé, pero mi caso es distinto.

—Sí —Maria me miró compasivamente, pero enseguida contrajo el rostro con rabia contenida—. Tendría que haberle cortado las pelotas a Chad por lo que te hizo.

Rechacé el comentario, pues no quería recordar lo sucedido aquella noche. Por desgracia, había aprendido de primera mano que no hacía falta forzar a alguien para cambiar drásticamente su vida. Un ser querido y pacífico también podía causar un daño inimaginable.

Como había hecho Bill.

El trauma de mi violación permanecía encerrado en un rincón de mi mente, pero de vez en cuando salía a la superficie y me pillaba por sorpresa. Tal vez nunca pudiera olvidarlo del todo.

—¿Tu?

—¿Qué?

Maria me miraba con preocupación.

—¿Estás bien?

—No hablemos de Chad… Estabas diciendo que las mujeres se suelen enamorar de sus primeros amantes

—Sí… Con Tom estás experimentando por primera vez lo increíble que puede ser el sexo oral. Eso hace que te sientas especialmente atraída por él.

—Tal vez, pero aunque no le gustara hacerlo… y le gusta… me seguiría atrayendo como nadie. Es como si nuestros cuerpos se comunicaran en su propio lenguaje. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí, lo entiendo —respondió Maria con un suspiro—. Así me siento yo con Guapísimo… quiero decir, con Robert. Al menos después de la primera noche. El tiempo dirá si el sexo se vuelve rutinario y aburrido.

Maria siguió hablando sobre la cena que Robert le había preparado la noche anterior y de lo impresionada que estaba con sus dotes culinarias, pero yo apenas le prestaba atención. De nuevo estaba pensando en Tom y en lo impaciente que estaba por verlo y acostarme con él. El sexo podía volverse rutinario y aburrido para muchas parejas, pero algo me decía que Tom y yo jamás tendríamos ese problema.

Horas después toda la ropa, los zapatos y los útiles de Bill estaban empaquetados en el garaje. La casa ofrecía un aspecto muy distinto, extraño, sin las cosas de mi marido a la vista. 

Me recordé a mí misma que estaban en el garaje y que podían recuperarse fácilmente si fuera necesario, pero si de mí dependiera iban a quedarse guardadas mucho, mucho tiempo.
No había vuelto a llamarme, pero supuse que Gustav se lo había llevado al hotel sin incidentes.

Lo saqué de mi cabeza y me puse a pensar en el inminente reencuentro con Tom. A medida que transcurría la tarde aumentaba mi excitación, pero los minutos pasaban tan lentamente que también aumentaban mis nervios.

A las seis y media, después de cenar un puré de brócoli, empecé a prepararme. Me duché, me lavé el pelo y me apliqué una crema hidratante con olor a coco. Y a continuación me vestí, o mejor dicho, me desvestí. Una vez más volví a ponerme el conjunto de lencería que había comprado en Frederick’s of Hollywood, y también me maquillé con un esmero especial a base de sombra y lápiz de ojos, dos capas de rímel y un brillante pintalabios.

Me miré al espejo y sonreí maliciosamente, complacida con mi transformación.

—No vas a poder resistirte, Tom.

En ese momento sonó el teléfono y corrí a responder.

—¿Diga? —pregunté con ansiedad.

—Acabo de llegar a mi casa.

Sonreí al reconocer la voz de Tom.

—Voy de camino, cielo…

Colgué y me puse los zapatos y el abrigo. En esa ocasión opté por unos zapatos negros de tiras y tacón alto, mucho más sexys que los que usé para completar mi atuendo erótico la primera vez.

El tipo de calzado que luciría una prostituta… 

Definitivamente, Tom y yo íbamos a pasarlo muy bien aquella noche..... 




Chicas! como siempre disculpen la tardanza, esta semana ah estado algo movidita para mi, pero acá estoy! muchas, pero MUCHÍSIMAS gracias por los comentarios, de verdad cada vez que leo uno me motiva mas a seguir escribiendo! me alegra mucho que les encante como pienso y escribo! (mente sucia haha) bueno, esta vez no puedo contestar a los comentarios porque no dispongo de tiempo, en el próximo lo haré, que sea pronto!!! espero haha bueno una vez mas gracias a todas, por cierto acá esta de nuevo mi twitter a las que tengan y quieran seguirme @OtraFran, Cabi aquí esta el capitulo que tanto esperaste haha! espero lo disfruten! nos leemos pronto! Os quiero! cuídense!!

lunes, 5 de noviembre de 2012

Capitulo 18



En los próximos días sólo pude pensar en Tom. Me había llamado todas las noches, normalmente después de las diez, y cada vez que sonaba el teléfono el corazón me daba un vuelco.

Su ausencia y sus llamadas me hicieron darme cuenta de lo unida que me sentía a él. Había descubierto que me gustaba, no, me encantaba, el sexo sin compromisos. Pero había algo más. Disfrutaba enormemente del tiempo que pasaba con él, y cada vez que oía su voz se me animaba el espíritu. Las palabras que me susurraba desde Key West me excitaban tanto como sus manos y su lengua, y el tono que les infundía me hacía creer que era la mujer más maravillosa de la Tierra.

Era genial que un hombre estuviese tan colado por mí.

Las diferencias entre Tom y Bill no podrían ser más flagrantes. El sexo con mi marido no estaba mal, pero no podía compararse a lo que tenía con Tom. Bill siempre era prudente y previsible, y nunca, ni una sola vez, había intentado excitarme por teléfono.

El hecho de que no pudiera dejar de pensar en Tom me ayudó a tomar una decisión. No quería seguir viendo las cosas de Bill en casa. Ni sus ropas en el armario ni su colonia en el cuarto de baño. Tal vez no pudiera borrarlo de mi vida si las hacía desaparecer, pero no quería que me lo siguieran recordando.

De modo que llamé a Maria y le pedí ayuda para empaquetar las cosas de Bill y guardarlas en el garaje.

—¿Quieres empaquetar las cosas de Bill?

—Sí. Creo que es algo que debo hacer.

—¿Qué quieres decir? —Me preguntó Maria—. ¿Es que vas a…?

—¿Romper definitivamente? —concluí yo—. De momento no. Pero necesito explorar lo que siento por Tom. No dejo de pensar en él y… —no estaba segura de lo que estaba sintiendo.

—Ya sabes que puedes contar conmigo para empaquetar las cosas de Bill y también para desempaquetarlas. Pero esta noche no me viene bien.

—No pasa nada. Podemos hacerlo mañana por la mañana.

—Allí estaré.

Colgué y me convencí a mí misma de que había tomado la decisión correcta.

El corazón casi se me salió del pecho cuando sonó el teléfono después de medianoche. Me giré en la cama para ver el identificador de llamada y vi que era un número desconocido. Tenía que ser Tom llamando desde su móvil. Bajé el
volumen de la televisión y agarré el auricular.

—¿Diga?

—Hola, (Tu).

La sangre se me heló en las venas. No era Tom.

—Bill —dije, con la voz trabada por la desagradable sorpresa.

—Espero no haberte despertado.

Arrastraba ligeramente las palabras, y de fondo se oía ruido. ¿Estaría en un bar? ¿Bebiendo, tal vez?

—Te echo de menos, cariño. No te imaginas cuánto.

Sí, definitivamente había bebido.

—¿Dónde estás? —le pregunte—. ¿En un bar?

—Quiero verte… ¿Puedo ir esta noche?

—¿Qué? —El pánico me hizo un dar brinco—. No… no puedes venir ahora.

—¿Hay alguien más ahí? ¿Estabas con él la otra noche?

—Estás borracho, Bill. No se te ocurra venir ahora. Así no puedes conducir.

—¿Te importaría que me matara? —preguntó atropelladamente.

—No digas tonterías.

—¿Hay alguien más ahí? —repitió—. ¿La otra noche estabas en la cama de otro?

No sabía qué decirle, y menos en su estado de embriaguez.

—¿Dónde estás? —le pregunté.

—En Bahama Breeze. Escuchado un grupo de reggae y recordando nuestra luna de miel en 
Ja… mai… ca —fingió el acento jamaicano.

Bahama Breeze estaba en International Drive, no muy lejos del hotel de Bill. Verlo era lo último que deseaba, pero no podía quedarme allí y dejar que se subiera al coche después de haber bebido.

—¿Estás solo?

—No. Gustav está conmigo.

Menos mal…

—Déjame hablar con él, por favor.

—Un momento.

Se oyeron unos ruidos al otro lado de la línea.

—¿Diga?

—Hola, Gustav. Soy (Tu).

—¿Cómo estás, (tu)?

—Bien, gracias —Gustav no parecía ebrio, pero tenía que asegurarme—. ¿Has bebido?

—No. Tomé una cerveza hace rato, pero ahora estoy bebiendo un refresco.

—Entonces ¿puedes conducir? —insistí.

—Sí, claro. Pero déjame que te diga que Bill lo está pasando muy mal.

No dije nada.

—Te quiere, (Tu). Te quiere de verdad.

Esperé un momento antes de responder.

—Tiene un modo muy curioso de demostrarlo.

—Tienes que creerlo. Se está volviendo loco sin ti.

Sentí una presión en el pecho. No quería tener aquella conversación, y mucho menos quería 
sentirme culpable por Bill. Lo perdonaría cuando estuviera preparada… si alguna vez llegaba a estarlo.

—Me alegro de que estés con él. Ahora me vuelvo a dormir —le dije a Gustav, y colgué sin despedirme.

El teléfono volvió a sonar menos de un minuto después. Irritada, levanté el auricular y empecé a farfullar.

—Bill, deja de beber y vete a dormir. ¡Y no me llames más!

—¿Quién es Bill?

No era lo que esperaba oír, y por un momento me quedé sin habla.

—¿Tom?

—¿Quién si no te llama a estas horas?

—Hola… —sonreí—. Me extrañaba que aún no me hubieses llamado.

—Ha sido un día de mucho trabajo y los chicos del equipo salimos a tomar algo al acabar, por 
eso no he podido llamarte antes. ¿Quién es Bill?

—Mi esposo. Te dije que estaba casada.

—Creía que te habías divorciado —dijo él, decepcionado y sorprendido.

—Estoy separada —aclaré.

—¿No me dijiste que os habíais divorciado?

—No. Pero no estamos juntos, si es eso lo que piensas.

—¿Por qué te ha llamado?

Suspiré.

—Porque está borracho. Supongo que se arrepiente de lo que hizo. Pero no me apetece hablar de Bill. Quiero que hablemos de ti. Te echo de menos… —añadí en un susurro muy sensual.

—Yo también te echo de menos.

—¿Ah, sí?

—No te imaginas cuánto.

—Creo que me hago una idea… Me muero por verte y tocarte… ¿Cuándo volverás?

—Mañana, sobre las ocho.

—¿De la mañana? —pregunté, esperanzada.

Tom se rió.

—Sí que me echas de menos…

—Pues claro.

—Bien, porque quiero verte en mi casa en cuanto llegue, que será alrededor de las ocho de la tarde. Te llamaré desde el aeropuerto para que te pongas en camino.

—Lo haré —le prometí, antes de bajar la voz—. Te necesito. Y mi cuerpo también.

—¿Estás mojada?

—Estoy muy excitada.

—Pero ¿estás mojada?

—Tal vez. Un poco.

—Compruébalo.

Me reí.

—¿Quieres decir…?

—Sí. Tócate.

Volví a reírme.

—Por favor, preciosa… Tengo que saberlo. Por favor.

—Está bien —deslicé una mano en las bragas y me metí un dedo—. Mmm… Sí, estoy muy mojada.

El gemido de Tom retumbó a través de la línea y reverberó por todo mi cuerpo.

—¿Llevas bragas?

—Sí.

—Quítatelas.

—¿En serio? —miré alrededor y vi mi gato en su cesta, junto a la puerta, observándome con curiosidad.

—Por favor, preciosa. Necesito que te las quites y te toques.

No tuvo que volver a pedírmelo. Me aparté el teléfono de la oreja y me bajé las bragas por los muslos.

—Ya está.

—¿Llevas algo más?

—Un picardías negro, pero me lo he subido hasta la cintura.

—Me gusta —volvió a gemir y oí que él también se tocaba—. Te imagino tendida de espaldas, con las piernas separadas, ofreciéndome tu sexo empapado… Dios... me lo comería ahora mismo.

Tragué saliva.

—Me vas a volver loca.

—Tócate. Quiero oír cómo te corres.

Volví a mirar hacia Tokio, pero el gato bajó la cabeza y cerró los ojos. Me cambié el teléfono a la oreja izquierda para poder tocarme con la mano derecha.

—¿Te estás tocando?

—Sí —me pasé un dedo sobre el clítoris y lo moví en círculos, muy despacio.

—¿Sabes cuánto me gusta tocarte? Me encanta cómo se te hincha el clítoris cuando te excitas… Tócate hasta que te corras.

—Ya lo hago… —la presión se hacía mayor. Cerré los ojos e imaginé que era él quien me tocaba.

—Pero lo que más me gusta es comerte el coño… Los jadeos y ruidos que haces cuando te estoy chupando el clítoris…

Su voz avivaba las llamas de mi cuerpo tanto como el recuerdo de sus caricias.

—Dios…

—¿Vas a correrte? —oía cómo se tocaba, cada vez más rápido.

—Estoy a punto…

—Eso es lo primero que te haré mañana. Te comeré el coño y te meteré la lengua hasta…

La explosión orgásmica me sacudió con una fuerza aturdidora mientras me metía los dedos igual que Tom haría con su lengua.

—¡Me corro, nena! —gritó él, y acompañó su eyaculación con un prolongado gemido.

El orgasmo me dejó sin aliento, igual que a Tom el suyo, y durante varios segundos los dos 
estuvimos jadeando en silencio.

—Ha sido increíble —dije con una sonrisa—. Y ni siquiera estabas aquí…

—Imagínate cómo será mañana por la noche..........





A la mañana siguiente sonó el teléfono mientras estaba haciendo café en la cocina. Rápidamente agarré el auricular de la pared.

—¿Diga?

—Vaya, vaya… Parece que esperabas la llamada de otra persona.

Estaba pensando en Tom, lógicamente, como llevaba haciendo desde que me desperté.

—Hola, Maria. ¿Qué pasa?

—¿Cómo que qué pasa? ¿No querías que fuera a ayudarte esta mañana?

Al principio no entendí de qué me estaba hablando, pero entonces recordé que Maria había prometido ayudarme a guardar las cosas de Bill.

—Claro, claro. Puedes venir cuando quieras.

—¿Hay alguien contigo?

—No, sólo estamos Tokio y yo.

—¿Aún quieres hacer esto?

—Lo único que voy a hacer es guardar las cosas de Bill en el garaje. No voy a tirarlas ni a quemarlas —el tiempo diría qué pasaría entre Bill y yo. De momento sólo quería concentrarme en Tom.

Y en el reencuentro con su miembro aquella noche.

—Me doy una ducha rápida y voy para allá.

—Genial.

Era el mejor momento para empaquetar las cosas de Bill, porque apenas pasaría tiempo en casa cuando Tom volviera a la ciudad 






Chicas, siento mucho la tardanza! pero ya me eh mejorado!! aunque quede un poco afectada por el dengue, estoy mucho mejor, eh estado ocupada con la uni, eh tenido muchas pruebas y tareas, pero tratare de subir mas seguido, y Alejandra Farina gracias por el comentario, sobretodo gracias Cabi por tus comentarios, ya esta el capi, espero lo disfrutes y la espera halla valido la pena xD! gracias por esperar! que lastima que no tengas twitter, de verdad necesito que me recuerden que actualice xD me alegro que le halla gustado a mi mami, la mia se escandalizaría si lee lo que escribo xD bueno los leemos prontisimo! gracias por aun leerme, Os quiero mucho! :D